El arte de habitar la ausencia
Habitar la ausencia no significa resignarse ni vivir prisioneros del recuerdo. Significa reconocer ese espacio vacío sin entregarle todo nuestro ser. Es poder mirar una silla desocupada y recordar también las conversaciones que allí ocurrieron. Es permitirnos extrañar sin sentir que por ello hemos dejado de avanzar. Hay días en que basta con preparar el café, abrir la ventana y dejar que entre la luz. Esos gestos pequeños también son una forma de continuar.
Javier Becerra
9/26/20262 min read


El arte de habitar la ausencia
En un mundo que grita por presencia, aprender a estar con lo que no está parece un acto de resistencia. Llenamos los días de voces, imágenes y tareas, como si cada instante vacío nos exigiera una respuesta. Apenas aparece el silencio, buscamos una pantalla, una conversación, cualquier cosa que nos distraiga. Tal vez tememos descubrir lo que la quietud tiene para decirnos.
La ausencia tiene muchas formas. Puede ser una persona que ya no vuelve, una casa que dejamos atrás, una amistad que se fue apagando o un sueño que no llegó a cumplirse. A veces es algo más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de nosotros se ha quedado en otro tiempo. Seguimos adelante, cumplimos con nuestras obligaciones, sonreímos cuando corresponde. Pero hay momentos en que aquello que falta se sienta a nuestro lado.
Nuestra primera reacción suele ser pedirle que se vaya. Queremos cerrar cuanto antes la herida y recuperar a la persona que éramos antes. Sin embargo, algunas ausencias cambian para siempre el paisaje de nuestra vida. No podemos borrarlas sin borrar también lo que amamos, lo que esperamos o lo que aprendimos.
Habitar la ausencia no significa resignarse ni vivir prisioneros del recuerdo. Significa reconocer ese espacio vacío sin entregarle todo nuestro ser. Es poder mirar una silla desocupada y recordar también las conversaciones que allí ocurrieron. Es permitirnos extrañar sin sentir que por ello hemos dejado de avanzar. Hay días en que basta con preparar el café, abrir la ventana y dejar que entre la luz. Esos gestos pequeños también son una forma de continuar.
La quietud puede enseñarnos a permanecer. Cuando dejamos de exigir respuestas inmediatas, empezamos a percibir lo que sobrevive a la pérdida: una frase que todavía nos orienta, un modo de cuidar a otros, una gratitud que convive con la tristeza. Lo ausente no regresa por nuestra voluntad, pero su recuerdo puede encontrar un lugar distinto dentro de nosotros.
Con el tiempo comprendemos que la vida no se compone solo de lo que podemos tocar. También nos forman las despedidas, las posibilidades que quedaron abiertas y los nombres que pronunciamos en silencio. Todo ello nos acompaña, aunque no siempre sepamos explicarlo.
Quizá el arte de habitar la ausencia consista en dejar de luchar contra cada espacio vacío. Sentarnos a su lado, respirar y escuchar lo que revela sobre aquello que hemos amado. Entonces descubrimos que todavía estamos aquí: incompletos, sí, como todos los seres humanos, pero capaces de recibir una nueva mañana y de hacerle lugar a la vida.
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